El consumo mundial de cobre podría llegar a cerca de 1.000 millones de toneladas en los próximos 30 años, una proyección que plantea nuevos desafíos para la industria minera y la necesidad de transformar los enfoques tradicionales de exploración. Así lo advirtió el geólogo Osvaldo Rabbia durante la apertura de proEXPLO 2026, donde destacó que la magnitud de la demanda exigirá integrar ciencia avanzada y trabajo de campo.
El análisis también reveló la alta concentración de la producción en pocos yacimientos: cuatro grandes minas —Río Blanco-Los Bronces, El Teniente, Chuquicamata y Escondida— reúnen cerca del 40% del cobre andino, reflejando la importancia estratégica de los Andes centrales en el suministro global de este metal.
Más allá de estos gigantes, el especialista explicó que la formación de grandes depósitos no responde únicamente a condiciones locales, sino a procesos geodinámicos de escala regional que atraviesan toda la cordillera. En ese sentido, subrayó que comprender estos fenómenos es clave para identificar nuevos recursos en un contexto de creciente presión sobre la oferta.
Uno de los casos que evidencia esta complejidad es el cinturón del norte andino, que se extiende por unos 2.500 kilómetros entre Perú, Ecuador y Colombia. A pesar de su gran extensión, no concentra los mayores volúmenes de cobre, lo que demuestra que la longitud geográfica no siempre se traduce en mayor riqueza mineral.
Frente a este escenario, Rabbia enfatizó que el futuro de la exploración dependerá de formular nuevas preguntas y desarrollar metodologías más integradas, capaces de conectar el conocimiento científico con la identificación efectiva de yacimientos que permitan abastecer la demanda global en las próximas décadas.

























